¿Es mi algoritmo o soy yo?
Las redes sociales como instituciones productoras de subjetividad
Las redes sociales suelen presentarse como simples herramientas tecnológicas de comunicación e intercambio a nivel mundial. Sin embargo, esa definición quedó vieja frente al uso y consumo actual que hacemos de ellas. Hoy no son solo medios: son entornos que organizan experiencias, vínculos, deseos y formas de identidad.
Abrimos Instagram “un segundo” y, sin darnos cuenta, pasaron cuarenta minutos. Vemos cuerpos parecidos, discursos dominantes, vidas algorítmicas. Todo parece hecho a nuestra medida. Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿esto me gusta porque es mío… o porque el algoritmo me enseñó a que me guste? Las redes no solo muestran contenido: moldean sensibilidades. Nos enseñan (de manera silenciosa) qué es deseable, qué es exitoso, qué es lindo, qué es correcto opinar. No lo hacen mediante órdenes explícitas, sino a través de pequeños premios y castigos simbólicos: más likes, más alcance, más validación. O, en el caso contrario, silencio, críticas, "hateo".
Aprendemos rápido. Si una foto tiene más interacción que otra, entendemos qué versión de nosotros “funciona”. Si cierto tipo de cuerpo recibe aprobación, empezamos a mirarnos con otros ojos. Si determinado discurso se viraliza, lo repetimos y reproducimos en nuestra vida daria, incluso sin darnos cuenta de ello. Así, casi sin notarlo, vamos ajustando nuestra forma de hablar, de vestirnos, de mostrarnos y hasta de pensar.
No es que alguien nos obligue. Es más sutil que eso. Es imitación, pero también identificación. Imitamos estéticas, frases, rutinas. Nos identificamos con influencers que encarnan una forma de vida que parece deseable. Empezamos a querer lo que vemos repetido. Y lo vemos repetido porque el algoritmo detectó que nos detuvimos unos segundos más frente a ese tipo de contenido.
Se arma un círculo perfecto.
La identificación es más profunda que la copia. Es cuando empezamos a sentir que ese ideal también habla de nosotros, que querríamos parecernos, que medimos nuestra vida en relación con esa referencia. Y cuanto más vemos ese modelo, más se naturaliza. Esos perfiles funcionan como agentes reproductores de modelos culturales: difunden estilos de vida, formas de amar, maneras de habitar el cuerpo y el éxito. No son solo personas; son referencias simbólicas.
Las redes crean una ilusión de elección absoluta: “si aparece en mi feed es porque yo lo elegí”. Pero el feed no es neutral. Es una selección. Y toda selección implica un criterio. Lo que no vemos también nos forma: otras miradas, otros cuerpos, otras experiencias que quedan fuera del recorte. A veces esto genera entusiasmo y pertenencia. Encontrar personas que comparten intereses o luchas puede ser profundamente reparador. Pero otras veces aparece el cansancio: la comparación constante, la sensación de no estar a la altura, la idea de que siempre hay alguien más productivo, más lindo, más exitoso.
Empezamos a vivir bajo una especie de mirada permanente. Aunque nadie nos esté observando en ese momento, sabemos que podrían hacerlo. Entonces nos autocorregimos. Elegimos mejor la foto. Editamos la opinión. Suavizamos el enojo. Exageramos la felicidad. Nos convertimos en nuestra propia versión optimizada.
El problema no es desear reconocimiento. Todos lo necesitamos. El vínculo humano siempre se sostuvo en la mirada del otro. Lo que cambia es la escala y la intensidad. La validación se vuelve cuantificable, pública y constante. Ya no es un gesto íntimo: es un número visible para todos.
Y ahí vuelve la pregunta: ¿soy yo quien quiere esto? ¿O estoy deseando lo que aprendí a desear?
No somos marionetas del algoritmo, pero tampoco somos completamente independientes de él. Nuestros deseos se construyen en diálogo con lo que vemos repetido, celebrado y premiado. La identificación con ciertos modelos, reforzada por la lógica algorítmica, va moldeando nuestra subjetividad.
Quizás el desafío no sea elegir entre “es el algoritmo” o “soy yo”, sino reconocer que estamos en una trama. Que nuestras elecciones están atravesadas por dinámicas de identificación, por agentes que reproducen modelos culturales y por una economía afectiva basada en la aprobación visible. Tomar conciencia de esto no implica abandonar las redes, sino habitarlas con mayor lucidez, posicionándonos activamente en ellas. Preguntarnos qué estamos buscando cuando publicamos, notar cuándo compartimos por deseo genuino y cuándo por necesidad de validación.
Tal vez la verdadera libertad no esté en salir de las redes, sino en habitarlas con mayor conciencia. En detectar cuándo estamos repitiendo sin pensar. En animarnos a romper un poco el patrón. En permitirnos no gustar, no rendir, no optimizarnos todo el tiempo.
Entre el algoritmo y el yo no hay una frontera clara. Hay una conversación permanente. Y quizás la pregunta más importante no sea quién decide, sino cuánto margen dejamos para que nuestra identidad no dependa exclusivamente de la mirada digital del otro.